#Nuevo encuentro con M.

Sales de clase a las 10.15 horas, llueve, te mojas. Has quedado con un chico nuevo para tomar algo y charlar. La conversación es fluida, en inglés completamente, porque es de Croacia y apenas sabe castellano. Hay buena conversación sobre cine, música, preferentemente jazz, el estilo por el cual se siente bastante atraído, según te comenta.

Comenzáis a tomar un café con leche, y termináis con una cerveza en otro lugar, mientras afuera llueve.

Los paraguas de colores os resguardan de la lluvia cuando paseáis por las calles mojadas, como la gente que a vuestro lado pasa precipitadamente, inquieta por no mojarse un día gris de invierno. Tu acabas de comprar un paraguas nuevo, de color azul, a un hombre africano en la calle, por cinco euros. Se te había olvidado en casa y como hacía falta,  no dudaste en comprarlo. Èl tiene uno de colores vistosos también, bastante llamativos.

 

Amor esquivo

Viajas a otras ciudades, cogiendo otros autobuses, cenando pizza o sushi en un bar desconocido con un desconocido, al que te invita porque dice que a sus amigas les encanta ese lugar para comer esa delicia oriental.

Siempre parece hablar gritando, en alta voz, de manera muy efusiva, y eso te descoloca, pues te interesan las personas que hablan pausadamente, que son más tranquilas, que no llaman la atención al comunicarse en un bar lleno de gente mientras comes sushi (por cierto, muy sabroso), donde ves a chicos que te atraen más que con el que estás hablando esa tarde por primera vez… Parece que hay cierta conexión porque hablas de cine y de aficiones similares, pero él fuma y a ti no te agrada demasiado ese hecho. Para ti es importante el tabaco. O mejor dicho, no lo es. De hecho, carece de importancia e intentas ignorarlo y evitarlo. Vamos, que lo odias absolutamente porque se te queda impregnado en la ropa y es un olor muy desagradable para ti. Mi cerebro quiere estallar por el tóxico ambiente creado a partir de esa combustión, por haberse mojado la ropa por causa de la lluvia, y la compañía de la mascota. Y mi mente quiere transportarse a otro lugar más limpio y respirable. Hacía mucho que no tenía esa sensación de agobio en un lugar cerrado como un hogar. No sé cómo se puede vivir en un sitio tan pequeño fumando un cigarrillo tras otro sin ventilar aunque afuera llueva y haga frío… El aire es irrespirable en esos momentos y tienes que aceptarlo, resignarte. No hay otra posibilidad, al menos no se te ocurre en ese instante.

Su casa está muy bien decorada, es un ático en el centro de la ciudad, pero su perra se abalanza sobre ti y quieres salir corriendo porque te impregna de su olor y llena de pelos toda tu ropa. Te das cuenta de nuevo que con alguien que fuma o tiene animales no te gusta estar. Sobretodo si no ventila y fuma tantos cigarrillos de manera tan continuada. La pizza de pollo y champiñones que pides te gusta; él pide una hamburguesa y patatas; para beber tu una coca cola light, y él una botella de agua. Es quizá, de las cosas que mas placer te dan esa noche…

Un intento más esquivo de encontrar el amor ideal, que sabes no existe pero lo intentas cada vez que se da la oportunidad.

Expresando la intensidad de las cosas

Si no lo expresas no existe, he leído por ahí. Y creo firmemente en esa afirmación. Al menos en ciertos asuntos.

… El viento y la lluvia me sorprenden en mi habitación mientras duermo. El nórdico está caliente por mi cuerpo. Antes creía que era la cama la que se calentaba sola. Pues resulta que, aunque sea algo evidente, es el cuerpo, el calor corporal, lo que hace evitar el frío en las sábanas.

He cambiado la funda del nórdico, ahora está fresquito, Está para tumbarse, pero hasta mañana no lo haré, hasta dentro de al menos, 24 horas, no lo reestrenaré. Y digo reestrenaré porque es como si fuera nuevo cada vez que se cambia; cada vez que se lavan las toallas, la ropa, las sábanas. Todo parece nuevo, y ese sueño de limpieza, de novedad reaparece. Pero el amor a veces es como una lupa ciega, que no es capaz de observar atentamente el detalle de eso que intento ver. Como diría Pessoa, «todas las cartas de amor son ridículas. Si no fueran ridículas no serían cartas de amor».

Entonces la intensidad de los sentimientos, de las emociones que surgen de las impresiones que nos dan las cosas y las personas, se vuelve etérea, sin dejar rastro fugaz.

La voluptuosidad de la vida en sus instantes más intensos

Supongo que es mantener el contacto, el interés por alguien. Si es algo mutuo debería poder funcionar, por las ganas de conocer a alguien y todo eso.
Ya, y muchos que buscan algo serio, luego buscan o encuentran sexo y viceversa. Es el mundo al revés. A veces del sexo quizá se halla algo más estable. Pero mi tónica es siempre ir conociendo: quedar con la persona, saber qué busca, si hay química, qué se siente… Eso es lo importante para mí, ver si hay algo por compartir, por crear.
Todos tenemos momentos donde el instinto, la pasión, el morbo, salen. Es lo normal, nos mueven esas tendencias porque somos seres humanos. Y algunas veces es difícil canalizarlas. Pero para eso está también el control. No hay que reprimirlas, pero sí saber gestionarlas, sí saber qué límites queremos tener. Y eso significa algo de represión, al fin y al cabo. Pero es necesario tener ese punto para estar sano, para conseguir un estado de tranquilidad, de cierto equilibrio. Pues en la vida todo no puede ser totalmente intenso y salvaje; el hedonismo, la voluptuosidad, como la tristeza o la alegría, las emociones y sentimientos van evolucionando, pasando, no pueden estar presentes en cada instante, porque sino se convierte en decadencia y destrucción, en exceso.

Malinterpretamos lo indecible

Por qué siempre las cosas se malinterpretan de manera tan retorcida, por qué siempre tenemos tantos miedos que nos paralizan y frenan a la hora de realizar las cosas que deseamos, por qué somos tan poco coherentes con la vida, con las personas…

Cuándo es lo justo, lo adecuado, cómo podemos hacer para ser felices, quién lo sabrá, quién dejará de juzgar sin prejuicios.