La infancia añorada

El niño que fuimos está muerto, pero su cadáver todavía está fresco.

Recuerda su edad dorada, los cuatro años. Sabía comer solo ya, no se hacía pis y se sentaba como un adulto para su edad. Era un niño muy sensible y soñador. Pensaba como adulto que aún no era.

Recuerda que solía pasear con su abuela por el parque dando tumbos, saltando, riendo, hablando con las cosas y las personas que aparecían en su camino.

Había un riachuelo, un pequeño arrollo cerca de un túnel antiguo, cerrado ahora tras la crisis industrial de la zona, donde jugaba con el escaso agua que pasaba. A veces estaba seco el torrente. Era toda una aventura observar el agua, el ruido que hacía al pasar entre las piedras, entre las ramas de árboles caído…

Muchas tardes, muchos paseos, mucha imaginación en momentos de rosquillas caseras de la abuela, y el vaso azul, que llevaba colgado y llenaba en el manantial para beber agua que no sabía si era potable o no.

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