Los jabones de mi abuela

Cuando era pequeño, mi abuela tenía en su casa, más concretamente, en su cuarto de baño, unos jabones de colores de la marca comercial Avon, que fue fundada en Nueva York en el año 1886 por David H. McConnell, un señor que vendía libros por catálogo y ofrecía un perfume con cada pedido/compra que hacían los clientes. Pero lo que más les gustaba a éstos no eran los libros, sino el perfume que con ellos les llevaba. Era un obsequio que de no tener más que un sentido simbólico, se convirtió en un objeto deseado y preciado.

Por lo tanto, creó una empresa de cosmética, para vender perfumes, lociones, jabones o champús, confeccionados con las formas de flores o de objetos religiosos, como por ejemplo: de tulipanes rosas y de ángeles azules, que son los que mi abuela tenía en su casa y podía olisquear.

Una curiosidad interesante sobre el nombre de la compañía. Avon está inspirado en el lugar de nacimiento de William Shakespeare (Stratford-upon-Avon), que era el escritor favorito de McConnell.

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Jabones con forma de tulipanes rosas

Me gustaba mucho el aroma que desprendían y me pasaba bastante tiempo oliéndolos con la vigilancia de mi abuela. Muchas veces cuando iba a su casa (no todos los días) abría la caja y los observaba, los olfateaba y cogía, pero los dejaba después de un rato de manera casi obsesiva. Era como con cualquier cosa que tuviera movimiento, siempre me hacía ilusión y me emocionaba el sentirlo. Al igual que con los olores (por ejemplo, los perfumes, las colonias, que me siguen fascinando por su poder evocador y trascendente hacia un mundo lleno de emociones, positivas o no) y los sonidos, todo ese tipo de cosas me hacían estar nervioso, alerta, como el niño inquieto que era.

Después de un tiempo los usábamos, disfrutando del olor que desprendían, pero creo que los tuvo guardados durante muchos años sin usar. Siempre presente ese sentimiento de aferrarse a algo, de guardarlo sin utilizarlo, el “por si acaso” hace falta en un futuro, ese miedo a perder algo y no soltarlo. Lo mismo que con la comida o con cualquier cosa material o monetaria.

Seguramente todas esas consecuencias eran por causa de haber vivido en la posguerra, en los años cuarenta y cincuenta, de haber vivido situaciones de pobreza y miedo. Por eso se puede entender ahora esa actitud sumisa ante la vida de las mujeres en la sociedad, por ejemplo. O esa costumbre de mantenerse siempre en lo que es correcto según la moral religiosa, en general, de hombres y mujeres.

Me da mucha pena que la educación fuera tan religiosa, tan estricta y tan poco abierta a la diversidad, tanto cultural como sexual, y que hubiera tantos estereotipos y prejuicios en esa infancia que no pudo desarrollarse de la misma manera que con la libertad que ahora se tiene. Aunque de alguna manera se sigue teniendo poca capacidad de elegir lo que uno quiere, espero que algún día todas las personas, desde que son pequeñas, niñas y niños, puedan evolucionar y ser creativas, abiertas con valores humanos como la empatía, la tolerancia o el respeto hacia las demás. Y puedan soñar con jabones y perfumes, disfrutando de su estela y aroma.

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Jabones con forma de ángeles azules

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