La herida sensual y poética

En el escenario cercano a una cala de un césped aparentemente seco, verdoso y no demasiado confortable, se encuentran dos sujetos que se conocen hace ya unos cuantos meses, como en otras ocasiones. Aunque se quedan en un campo de hierba más apartados para tumbarse, tomar el sol y charlar,

y se acurrucan,

y se abrazan,

y se dan calor en la tarde soleada, arriba, entre arbustos, ramas y plantas,

en el campo donde crecen los juncos, en el suelo pintado de verde del verano que ha pasado, y el otoño que está empezando lentamente, porque aún se ven los restos del sol perezoso.

Aunque empieza el frío del otoño que se va acercando, el calor va naciendo con sensaciones eróticas, suaves, dulces…

Aparecen los abrazos con los besos que se funden,

se confunden entre caricias; los movimientos de las manos y los pies van aumentando con el tiempo, relamiendo y jugando sin miedo;

el deseo aumenta cada vez más, hasta llegar al momento de mayor placer;

la extinción de la conciencia durante unos instantes sin memoria.

El intenso y eterno suicidio indómito, salvaje, primitivo, animal,  mental y espiritual se transforma en sensaciones permanentes fuera del tiempo y del espacio.

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