Esperando la comida

En Venezuela, al igual que en muchos otros países, vivir ahora es sumamente difícil. La política del gobierno ha restringido las libertades democráticas, dejando a la ciudadanía sin los alimentos y medicamentos necesarios para sobrevivir,  ignorando, una vez más, los derechos humanos de las personas.

Niñas y niños mueren por inanición, por falta de salud al no poder acceder a medicinas, por ser muy costosas para pagarlas, o porque se han terminado. Dejan de ir a las escuelas y censuran o asesinan a los activistas que quieren construir otras realidades y que luchan por cambiar el mundo a mejor.

Largas filas de personas esperando día y noche para conseguir algo de comida o coger agua, que muchas veces no llegan a conseguirla porque se ha terminado a su llegada. A pesar de decir que lo son, no son sociedades democráticas ni justas.

Desde Amnistía Internacional y otras organizaciones, se critica esa actitud porque vulnera los derechos humanos. Pero estos gobiernos olvidan lo importante que es conseguir una sociedad pacífica, sin guerras. El ejército es un sistema creado para ir contra los derechos humanos, pues maltrata y asesina a las personas. El bienestar se logra con respeto por las culturas sin crear violencias. Se necesita conseguir un decrecimiento global, donde se cuide el medio ambiente y los valores humanos se desarrollen de una manera equitativa para todas las personas.

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“La guerra empieza aquí” (Joseba Sanz, 2017)

En el documental se trata de mostrar la triste realidad de la fabricación de armas en Euskadi desde hace muchos años, legalizando en este neoliberalismo que vivimos, algo que es ilegal de acuerdo a los derechos humanos.

Es una crítica de cómo el Gobierno Vasco (al igual que el Estado Español, entre otros del sistema capitalista en el que vivimos), crean armas y las venden a Arabia Saudí para que las usen contra las personas de Yemen y otros países, asesinando a mujeres, hombres y menores, donde muchas familias inocentes pierden sus vidas y se les priva de sus derechos humanos.

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Estas empresas sólo quieren conseguir dinero y poder, pues trabajan por sus propios intereses. Son expoliadoras, y por tanto, culpables de todas esas muertes. Carecen de empatía y respeto, vulnerando las vidas de miles de personas.

Se está luchando para que se modifiquen las leyes y que éstas, no contemplen producir armas ni las utilicen contra civiles bajo ningún precepto.

Ojalá, en poco tiempo, desaparezcan estas industrias de creación de objetos que asesinan y destruyen a la humanidad, sólo por el objetivo de crear dinero y poder en unos pocos lugares enriquecidos, por haber comprado a los países donde existen las materias primas (que éstos son realmente los ricos) y destruído a la mayoría de las minorías étnicas y demás grupos invisibilizados por la sociedad.

Trabajando la intervención social

Un día por la mañana, trabajando, salgo de la oficina para hacer una visita a uno de los pisos de acogida en los que trabajo, y bajando las escaleras casi en el portal, me encuentro a un chico que ha venido a la asociación a pedir ayuda.

Me dice que vive desde hace tres meses en un municipio de Bizkaia con su hermano y un amigo de Camerún, pero que no tiene ya más dinero para seguir pagando el alquiler del piso en el que se encuentran alojados.

Desde la asociación en la que trabajo, le han dado un papel para que vaya a otra asociación, donde le indican que allí le ayudarán con la comida o el alquiler. Le acompaño porque desconoce dónde se encuentra ese lugar, y le dan otro papel para derivarlo a otro sitio cercano, no sé si al comedor social.

Cuando salimos, me despido, y le indico dónde está ese otro lugar, donde ya espero que encuentre lo que necesita, al menos para continuar durante algún tiempo.

A veces no entiendo realmente cómo funciona la intervención social, pues no es algo sencillo por la complejidad que existe al intervenir y gestionar las realidades de las personas que viven en una situación de vulnerabilidad. Me pregunto si lo he realizado de la manera adecuada o no. Por lo que me entran dudas.

Supongo que como en muchos trabajos con personas (sin tener que ser en el ámbito social, pero el educativo o sanitario, por ejemplo) es complicado determinar algunas veces qué es lo correcto o no, pero lo importante es la intención con la que se actúa y la actitud que se tiene con una conciencia tranquila y honesta.

El acompañamiento personal e individual que hago es lo que más me motiva por el aprendizaje que hago con esas personas que han tenido experiencias complicadas en sus vidas.

Mi mayor ilusión es poder ayudar, escuchar y entender sus palabras, comprender qué es lo que necesitan, lo que les favorece de manera positiva para poder obtener un bienestar con una buena inclusión social.

Cambios sociales muy lentos

Sigues creyendo que el mundo tiene mucho que cambiar cuando vas por la calle y pasa un adolescente sin mucho respeto, con su coche a toda velocidad sin cuidado, sin mirar a su alrededor por si hay gente cerca, como si fuera un ser superior, que nunca podría ser, por ese aire de superioridad y falta de respeto hacia los demás.

La falta de empatía es muy habitual en estos casos, al igual que en cualquier momento que se falta el respeto y la tolerancia. Esas personas, que no parecen ponerse en el lugar de los demás, incluso con las minorías o grupos discriminados y rechazados por la norma imperante, no comprenden el mundo con respeto, tolerancia e igualdad en el mundo. Lo ven como algo que pueden dominar y someter con su fuerza física, sin emplear la fuerza emocional, tan importante para poder entender y vivir de manera respetuosa y humana en esta realidad que llaman sociedad.

Algunas personas tienen que aprender a deconstruir sus ideas, llenas de prejuicios y estereotipos negativos, costumbres, como las tradiciones que anulan la libertad de las personas, como sus hábitos aprendidos, su educación, deben deshacer todo ese conjunto de pensamientos y acciones para construir un mundo más saludable y positivo.